viernes, 13 de septiembre de 2019

En el inicio del curso, un artículo para el debate: Estudiar religión para ser libre...

En los ambientes educativos, sobre todo en los momentos de cambio o en los inicios de curso, se suele debatir de todo, también sobre el status de la religión en la escuela. Aquí dejamos un artículo para la reflexión y el debate.


Es un artículo de Arsenio Fernández de Mesa Sicre titulado " Estudiar religión para ser libre. Una asignatura esencial para la formación humana".


En él se hace eco de la Campaña de la Conferencia Episcopal para la elección de la asignatura y da claves para salir de los prejuicios y apostar por la formación integral del alumnado.

La Campaña:



El Artículo:

“Si te lo cuestionas todo, cuestiónate por qué no ir a Religión”, reza el eslogan de un vídeo promocionado por la Conferencia Episcopal que busca animar a los jóvenes y adolescentes que ya no se inscriben en la materia o no se han apuntado nunca. Mensaje positivo y provocador, fruto de la actitud propia de esta Iglesia «en salida» que quiere el papa Francisco, por la que se acude a aquellos que no conocen a Cristo o que se han alejado de Él para anunciarles el Evangelio. Se trata del 38% del alumnado español, cifra nada despreciable si tenemos en cuenta que todos los hombres sin excepción están llamados a encontrarse con Dios. El estudio de la asignatura de Religión está lejos de ser una forma de opresión de las conciencias. Más bien, fundamenta una elección auténticamente libre y responsable sobre aquello que preocupa a todo ser humano: el sentido de su vida.




No dejaría de resultar provocador que un sistema educativo que presume de formar integralmente a los alumnos en las dimensiones más importantes de su ser buscase descartar aquella dimensión que da sentido a todas las demás. La vocación a la trascendencia y al infinito que está inserta en la misma entraña del hombre solo encuentra un cauce adecuado para su satisfacción en el hecho religioso, hecho que raras veces aparece en nuestra vida por ciencia infusa sino que más bien requiere algún intermediario que nos lo anuncie. Ahí está el papel de la asignatura de Religión y de los profesores que la imparten. Siendo ese argumento suficientemente relevante, también hay otro incontestable, pues sin cursar esta materia los alumnos tendrían una laguna cultural monstruosa. La pintura, la música, la escultura, la arquitectura, la filosofía, la historia o la política no se comprenden plenamente sin la relación que el hombre ha mantenido a lo largo de los tiempos con Dios. Y esto no atenta contra la libertad, igual que sería absurdo considerar una coacción el estudio, por ejemplo, de las doctrinas filosóficas de Marx o Kant. Luego podremos creerles o no, pero hay que conocer su pensamiento.

No es una cuestión de que la Iglesia quiera hacer proselitismo y coaccionar a los hombres para que profesen la fe, algo que está en las antípodas del mensaje evangélico. No consiste en imponer un estado confesional de facto. No se busca dar mayor protagonismo a la jerarquía eclesiástica en la formación de los jóvenes. No se pretende violentar las conciencias para imponer la adscripción a un credo. Si nos esforzamos por eliminar los prejuicios anticlericales descubriremos que el estudio de la Religión en las escuelas no tiene tanto que ver con que la gente crea o no crea en Dios sino con que puedan llevar a cabo una elección auténtica, basada en el conocimiento y no en la ignorancia.

No se trata de obligarles a que vayan a Misa o se confiesen, ni tampoco de forzarles a que se casen por la Iglesia o se metan a curas o a monjas. Esta asignatura propone un aspecto esencial de la formación humana como es la vocación del hombre a la trascendencia. Claro que los alumnos tienen derecho a profesar una religión u otra, o a no profesar ninguna, pero esa sagrada libertad solo tiene sentido y se ejercita en plenitud cuando se conoce qué es exactamente la Religión, qué implica para el ser humano o cuál es su papel en la cultura y en la vida de los hombres. No es razonable ampararse en una libertad de conciencia que se fundamente en el desconocimiento de aquello que es propiamente el mismo contenido de la elección. Y por eso hasta el que decide ser ateo, después de haber cursado la asignatura de Religión, lo decide de un modo más consciente y libre. Otra cosa distinta es que esté equivocado.

Los avances científicos y tecnológicos están provocando rápidos y numerosos cambios sociales. Pero por mucho progreso que experimente el mundo hay algo que no ha variado ni variará, y es lo que sucede dentro del corazón del hombre. Para defender la necesidad de la Religión en las escuelas sin duda tendremos que esgrimir que se trata de un derecho constitucional, que la mayoría de los alumnos la eligen, que es mayoritaria en los países de nuestro entorno, que es parte de los acuerdos internacionales, que sin ella no se entiende Europa o que es esencial para entender nuestra cultura. Pero el argumento fundamental es mucho más profundo, pues afecta a lo más íntimo del hombre y no tanto a lo exterior.

El ser humano seguirá preguntándose sobre el sentido que tiene su vida o sobre qué hay después de la muerte. Seguirá aspirando a amar en plenitud y no se conformará con afectos mediocres. Anhelará ser amado sin condiciones. Querrá una felicidad auténtica y una libertad verdadera. Continuará, en definitiva, buscando a Dios, muchas veces sin saberlo. Lo más profundo del hombre no cambiará por muchos descubrimientos que haga la ciencia, incapaces de ofrecer respuestas a los hondos interrogantes del ser humano. Es precisamente la Religión la que responde a esas grandes preguntas, las que empapan de significado toda la existencia de la persona, aquellas que todo hombre se hace alguna vez en su vida. Apostemos sin ambages por la libertad de conciencia, pero por una libertad madura, no infantil, basada en el conocer y no en el ignorar. Libertad, claro, que solo se da plenamente cursando la asignatura de Religión.

No hay comentarios: